Ya te expliqué, hace unos días, que Martina Hingis siempre ha sido una de mis debilidades.

Tal vez sea porque es – casi – de mi quinta. O porque de alguna forma aquellas lágrimas en la final, famosa final, de Roland Garros ante Steffi me hicieron empatizar con ella. Igual fue por la osadía de intentar colarse (y acabar consiguiéndolo, de hecho) en un mundo de casi diosas dominado – precisamente- por Graff y compañía… la cosa es que no sé por qué razón en concreto, tal vez por la combinación de todas, pero sí, Martina fue una de mis preferidas del circuito.

Te contaré una historia (corta, bueno, o no tanto…). Una tarde, hace ya unos cuantos años, yo tenía un partido en Barcelona. Se trataba de un campeonato al que me había apuntado casi por inercia y que, honestamente, me daba cierta pereza participar aunque lo iba jugando por aquello de descubrir nueva gente. Me centro, cuando llegué a esas instalaciones, unas en las que – habitualmente – entrenan tenistas profesionales de por aquí, me sorprendió el revuelo que se había generado alrededor de una de las pistas. Me acerqué, sin hacer demasiado caso a las peticiones de mi rival – él tenía prisa -. Saqué la cabeza y me encontré a dos tenistas peloteando a un nivel tremendamente intenso. Uno era un alumno aventajado de la escuela de aquel club. La otra, era Martina que, honestamente, hacía absolutamente lo que quería con aquel pobre chaval que, herido en su amor propio, luchaba contra los elementos para devolver los golpes de Hingis.

Poco tiempo después se supo que Martina había decidido volver al circuito para jugar dobles (una vuelta más que exitosa, ya lo sabes), así que no tardé en relacionar aquel entrenamiento con una especie de prueba a la que e sometió para saber cuál era su nivel real. También supe que no sólo había dado buena cuenta de aquel chico, sino de unos cuantos más . Y todavía recuerdo su mirada de aquella tarde. Una mirada de concentración absoluta, pero también una mirada cargada de pasión por lo que hacía. De disfrutar. De saber que nos estaba haciendo disfrutar a los que observábamos aquel juego.

No me pude quedar más que unos minutos, ¿recuerdas que mi rival tenía prisa? Y, aunque (inspirado por Martina o, mejor, por la rabia de no haberla podido ver más minutos) lo derroté rápido, pero cuando volví Hingis ya no estaba en la pista. Siempre me quedará la espina de haber podido esperar hasta el final para intercambiar opiniones con ella, pero al mismo tiempo tengo la sensación de haber visto uno de los momentos más intensos y puros de tenis, sin tensión, sin presión, sólo por disfrutar, de mi vida.

Por eso, hoy, para arrancar esta cuarta semana de confinamiento y regalarte un partido para disfrutar del #tenisencasa, te traigo el primer título grande que conquistó Hingis. Nos vamos a la final del Open de Australia de 1997, que conquistó ante otra tenista mítica: Mary Pierce. Un partido que, vale, no tuvo una gran historia pero, mira, hoy me apetece mucho ver ganar a Martina, verla dominar en la pista, verla desplegar todo su talento.

Así que ya sabes: disfruta…

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