Jennifer Maria Capriati es, probablemente, el primer nombre que nos viene a la cabeza cuando pensamos en talentos que, quizás, eclosionaron demasiado pronto en el circuito. Talentos que, tal vez, hubieran podido marcar una época pero que, siendo grandes, nos quedará siempre la duda de hasta dónde podrían haber llegado con algo más de acompañamiento.

Y es que la irrupción de Jennifer fue brutal. La medalla de oro en Barcelona’92 (ante Steffi, nada más y nada menos) la puso en primera línea mediática. Contratos multimillonarios, un juego para consolas, primeros títulos… pero la presión pudo con ella y a partir del 94 empezó su particular calvario. Nada que no sepas ya, nada que no te hayan contado mil veces, pero la cuestión es que hasta el 2001 no pudo saborear el éxito en un grande (en concreto, aquel año en dos), un éxito al que parecía predestinada desde su adolescencia.

Hoy, precisamente, te traigo dos partidos. Las dos finales que jugaron (de forma consecutiva) Capriati y Hingis en Austrlia, en el 2001 y el 2002. Dos finales que ganó la americana y que (junto con RG 2001 y aquella medalla de oro) le acabaron reservando un lugar en el olimpo de las tenistas (llámalo Hall Of Fame, si quieres).

Así que nada, olvidémonos de juguetes rotos, de problemas legales, de centros de desintoxicación y de esos otros detalles que tantas portadas ocuparon durante años, y vamos a centrarnos en lo realmente interesante de Capriati: su tenis. Y es que Jennifer fue una de las primeras jugadoras en traer el juego basado en la potencia al circuito WTA (con Seles o con Pierce, por ejemplo), una de las precursoras del deporte del que disfrutamos hoy en día.

Así que sólo haz eso, siéntate y disfruta del #tenisencasa. Un día más, una semana más…

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