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Laver Cup, nos hemos asomado al futuro del tenis

Sí, ya sé que el título puede parece un poco exagerado, pero te aseguro que está muy pensado y calculado.

«El futuro del tenis«, la de veces que se han escrito estas cuatro palabras juntas para acabar convirtiéndose, sólo, en un recurso que se utiliza para intentar proyectar más un deseo que una realidad: algo ha de cambiar. Así que déjame que lo contextualice y lo justifique, porque es posible – sólo posible – que sea más plausible de lo que piensas. Y es que tras pasar tres días en Ginebra, invitado (mil gracias, una vez más) por el equipo de Wilson Tennis y Wilson España, me he quedado con la sensación de que la #LaverCup va a cambiar el #tenis, no sé en qué medida, pero va a pasar.

No sé si hace falta introducir o presentarte la Laver Cup. Lo resumiré diciendo que es una competición que quiere arrastrar la tradición y el éxito de la Ryder Cup (golf, ya sabes) al mundo del tenis. Y, aunque en muchas ocasiones se ha dicho que es un invento de Federer, en realidad hay mucho más detrás del torneo (está, sí, su empresa de management, Team 8, pero también juegan su papel, ahí, Jorge Paulo Lemann y Tennis Australia, que son los otros socios). El resultado es un evento magnífico, que concentra en una misma ciudad y durante todo un fin de semana a 12 de las mejores raquetas repartidas en dos equipos, Europa y resto del mundo, compitiendo para decidir cuál de los dos combinados es el rey del tenis. Ah, todo ello con el componente emocional que supone la omnipresencia (y el homenaje implícito en el nombre del torneo) a una leyenda como Rod Laver, y de otras dos en los banquillos: Borg y McEnroe.

Hasta aquí muy bien, sí, pero ¿por qué el futuro del tenis?

Lo primero que te pasa cuando pisas el evento es que vibras. Literalmente. Algo se mueve dentro de ti. El ambiente es único, los sonidos, el lugar, sabes que te espera un torneo diferente. Vibras, sí, porque tienes la sensación de que estás a punto de vivir algo diferente. Y déjame decirte, que esa sensación se convierte en una realidad desde mucho antes de que empiece a botar la pelota amarilla.

Todo en la Laver pinta diferente a lo que estamos acostumbrados a ver. Todo. La pista, negra, las instalaciones, fabulosas, la organización, impecable, el showtime, medido a la perfección, la cercanía con los jugadores, intensa, la relación entre ellos, íntima. Todo, hasta el punto que sabes que si alguien que no hubiera visto tenis antes lo descubriera en ese preciso momento, saldría totalmente aficionado a este deporte (y esa, precisamente, es una de las grades deficiencias que tiene el tenis en el mundo actual).

Voy por partes, así me explico mejor.

Empezaré por las instalaciones. Vamos a ser honestos, el tenis ha envejecido y, con él, muchos de los lugares que lo acogen (y ya no sólo hablo de torneos). Sí, está la autenticidad de lo clásico, el ambiente tradicional, el olor del club de toda la vida, lo sé. Y eso también es fabuloso. Pero, insisto, si lo que queremos es que el tenis no se quede en el pasado y acabe convirtiéndose en un deporte residual, es necesario dar un paso adelante y modernizarse. Y de eso se trata en la Laver: todo es moderno.

Todo en este torneo lleva el sello de lo más nuevo en tecnología, en iluminación, en ambientación, en música. Hasta el más mínimo detalle está calculado para que la inmersión sea total. No sólo dentro de la pista, no sólo en las gradas, también alrededor. Son unos genios del marketing sensorial. Entras en el recinto y escuchas – literalmente, no es una metáfora – tenis (el sonido ambiental recrea puntos, celebraciones, quejas…), la iluminación de los espacios comunes tiene una importancia fundamental. jugando con el rojo y el azul que identifica a los dos equipos (mundo y Europa, respectivamente), te ubica desde el primer momento en el torneo y te recuerda por qué estás allí: todo lo vas a vivir en función de tu color. Pero hay más, la Player’s Court está justo al lado de la Fan Zone, por lo que todos los entrenamientos de las estrellas del tenis están a tocar de quién los quiera disfrutar, y a pocos metros de la zona comercial, o justo al lado de un espacio dedicado a la restauración en el que (en esta edición) había una variedad enorme de food-trucks para saciar cualquier capricho. Lo dicho, no dejan nada al azar.

La pista negra merece capítulo aparte.

A ver, sí, ya sé que puede parecer que lo del color de la pista es (otra vez) puro marketing. Pero no es sólo una pista negra. Es un escenario, un gran escenario que acoge un show continuo, ya sea cuando hay tenis o cuando todo el mundo está esperando el siguiente partido. La proyecciones y los juegos de luz hacen brillar constantemente ese lienzo oscuro que acaba asumiendo todo el protagonismo que merece. Pocas veces verás una pista ser tan protagonista como esta. Ah, y desde el punto de vista deportivo, he de decir que la visibilidad de la pelota en esa pista es increíble, que jugar en ella es sencillamente alucinante. Y eso es así porque la sensación de inmersión en el peloteo es mayor que con otros colores o superficies. Esa fue, si más no, la impresión que me llevé de mi experiencia allí.

Viene un punto polémico, el coaching. Desde que la WTA implementó la posibilidad de que el entrenador bajara a pista han corrido ríos de tinta sobre la conveniencia o no de hacerlo algo generalizado, y yo (ya) me he postulado públicamente mil veces: es una idea fantástica. Pero si hay un torneo en el que esto se hace evidente es en la Laver.

Edición tras edición vemos marcadores increíbles en los que tienen mucho peso los consejos, las tácticas, los ánimos que los tenistas reciben de sus capitanes o de sus compañeros. Y muchos me diréis, «el tenis es un deporte individual «(dobles al margen, supongo), ya, pero en realidad no lo es. No juegas sólo, nunca, eres el resultado de tu talento, de tu esfuerzo, pero también del talento y del esfuerzo de la gente que te rodea, tu entrenador, tu fisio, tus compañeros, tus sparrings… Incluso si eres amateur, eres el resultado de todo lo que aprendes en tus conversaciones, observando a tus rivales, en los ratos de entrenamiento que te regalas con el monitor de tu club. Por eso, para mí, permitir la participación del coach en el juego no sólo es un lujo para el público (evidentemente enriquece la comprensión del juego, el espectáculo, y te hace fijar en cosas que quizás te pasarían desapercibidas y descubrir qué estrategias usan los tenistas y cómo las aplican), también lo es para el jugador. Y es así porque permite cambiar dinámicas de partidos y, por lo tanto, los hace más intensos, más competidos, más impredecibles, más igualados, más ricos en matices, más espectaculares. Como prueba, fíjate en la cantidad de Match Tie Breaks que se han jugado en esta Laver…

Las normas también son interesantes. Es tenis, y juegan a tenis. Punto. Aquí no hay grandes estridencias, pero eso no quita que puedan probar algunas cosas interesantes, como la introducción del Match Tie Break en el tercer set. Esto implica que los partidos se resuelven, en caso de empate a un set, en una muerte súbita a 10 puntos que resulta sencillamente espectacular para el espectador. Pura adrenalina. Puro drama. El sistema de puntuación, en general, asegura interés hasta los últimos partidos (cada victoria suma 1 punto el viernes, 2 el sábado y 3 el domingo) y, claro, juegas por tu equipo, y con tu equipo detrás, dándote instrucciones de forma constante, animándote, ayudándote, celebrando tus puntos, minimizando tus errores. Sin duda es uno de los factores diferenciales más grandes de la Laver, el papel que juega el equipo, el hecho de que tus compañeros se conviertan en, precisamente, tus coaches. Algo espectacular que regala momentos sencillamente fabulosos para los aficionados al tenis. La cantidad de videos que han circulado en redes sociales con las conversaciones que tienen entre ellos, lo demuestra.

Por cierto, tanto hablar de espectadores, voy a poner el foco en el público, en las personas que están ahí presentes. Te puedo asegurar que el nivel de engagement que se genera en este torneo no es nada habitual. Es un show, sí, y se disfruta como tal. Y, ojo, no sólo me refiero a la tecnología, es especialmente relevante la relación que se establece entre tenistas (tanto los que disputan el partido de turno como los que están en los banquillos) con los aficionados. Ver a Rafa, a Roger o a Nick haciendo que hombres y mujeres se levanten de sus asientos para aplaudir es increíble. Existe una comunión especial, probablemente porque el ambiente resulta propicio para ello.

Igual lo puedo resumir con el show. Un poco se trata de eso. Cuando te dicen que los jóvenes no ven tenis porque les resulta aburrido, debes entender en qué mundo viven. Para ellos todo es espectáculo, pagan por ver partidas de Fortnite. Más aún, pagan en directo a sus jugadores preferidos mientras estos están jugando una partida. Todo sucede rápido, es un mundo intenso, bombardeado de efectos que golpean sus emociones de forma constante. En eso la Laver ha sabido encontrar un buen equilbirio entre el respeto al silencio que requiere el partido y el show que engancha a los aficionados. No se trata de romper totalmente con las tradiciones del tenis, ni mucho menos, se trata de actualizarlas (si no fuera así, todavía jugaríamos con pantalones blancos largos, camisa y americana a juego, ya me entiendes).

Finalmente, también creo que influye el hecho de que la Laver no es de nadie, y es de todos. Ojo, no me refiero a la propiedad del torneo, sino a su identificación territorial. La Laver no pertenece a una ciudad, es itinerante, ha estado en Estados Unidos y en Europa. Es más, los aficionados no siempre se decantan por el equipo del continente al cual pertenecen, sino por aquel con cuyos jugadores sientan más afinidad, y no pasa nada. No se generan enfrentamientos, no hay malos rollos. Es tenis, es deporte, y se trata de superar en la pista a tus rivales. Eso es realmente único.

Piensa en ello, ¿crees que hemos visto el futuro del tenis o, si más no, algunos de sus mimbres? ¿Hacia dónde va nuestro deporte? ¿Te gusta la Laver o es un torneo que te deja frío…? De momento, lo que ya sabemos, es que el año que viene nos quedará un poco más lejos: Houston.

No está mal, como destino, nada mal…

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