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Renovarse o morir, dicen…

Va una opinión polémica, aviso.

Vivimos en un mundo que ha hecho evidente la necesidad de adaptarse. Los cambios sociales provocados (llámalo evolución o llámalo revolución) por la digitalización de nuestras vidas, han provocado que numerosas compañías que durante décadas fueron sinónimo de éxito se hayan visto abocadas a una crisis que prácticamente las ha puesto al borde de la desaparición. Kodak, por ejemplo, no fue capaz de anticipar el efecto que lo digital iba a tener en su modelo de negocio y vio caer el precio de su acción de los 100$, en los 90s, a un irrisorio medio dólar. Por otra parte, Nokia o Blackberry, en el sector móvil (y, por lo tanto, un sector que sí debería ser sinónimo de máxima transformación digital) no supieron comprender las necesidades de los consumidores ni adaptarse a ellos lo suficientemente rápido y se vieron totalmente engullidas por los fenómenos Android o iOS.

Y tú dirás, ¿pero esto no iba de tenis? Pues sí.

Ya he avisado que soy consciente de que no necesariamente vas a compartir lo que pienso y, probablemente, tengas una visión contraria, pero no puedo evitar pensar que eventos como la Laver Cup o la nueva (y mal llamada) Davis de Piqué son una buena noticia para el tenis. Me explico.

Tengo la sensación que nuestro deporte, este deporte, lleva años buscando reinventarse. El “Ojo de Halcón” es un buen ejemplo de cómo, a partir de la introducción de nuevas tecnologías, el tenis alcanzó nuevas cuotas de espectáculo que (salvo alguna gloriosa excepción) suman más que restan. Cierto es que otras innovaciones no han acabado de funcionar (las NextGen finals hablan por sí mismas), pero como mínimo se intenta evolucionar. Lo intentan la ATP, la WTA y la ITF. Y es de agradecer porque eso mantiene al deporte vivo, interesante para las nuevas generaciones, para los patrocinadores, para los seguidores (tal vez menos para los clásicos) y nos prepara para lo que está por venir: la era post-GOAT & company (y que nos pillen confesados).

Dicho esto, si en la pista vemos innovaciones, si en algunos torneos WTA el coach ya puede pisar cancha, si en los descansos se puede escuchar un súper hit musical mientras vemos a los jugadores intentando mantener la compostura y la concentración, si las pistas (como en las Nitto ATP Finals) ya se han convertido en un gran espectáculo por sí mismas, ¿por qué no innovar en los torneos? ¿Por qué no cambiar cosas que, tal vez, no acaban de funcionar con los tiempos que corren? ¿Por qué no apostar también por ver qué pasa si se hacen ciertos cambios buscando más interés, mayores audiencias, más espectáculo, más implicación de los propios deportistas?

Pues precisamente por esta razón yo soy muy (muy) pro #NuevaDavisCupAdemás, creo que nos aleja de la ceguera de Marketing que cree que lo existente ya es suficientemente bueno y que nada lo puede mejorar.

Ojo, escribo esto 48h después de que haya finalizado la segunda edición de la Laver Cup. Y añado que me ha enganchado (a pesar del cambio horario) como pocos torneos, que a pesar de no repartir puntos ni de tener impacto alguno en ninguna clasificación, me ha apasionado, me ha hecho vibrar y me ha llevado a animar a los dos equipos en lances diferentes del torneo. Ver en acción a algunos de los mejores tenistas del mundo, en un show medido y ajustado a la perfección, compartiendo pista, equipo, confidencias, consejos, me ha parecido espectacular y un paso adelante, algo que necesitábamos y algo que me conecta (mira por dónde) con mi tenis, el de club, el de los torneos por equipos de los domingos en los que nos juntamos unos cuantos, viajamos juntos, jugamos juntos, ganamos o perdemos juntos, nos animamos, nos ayudamos, y que analizamos tácticamente juntos  sin pensar, ni un segundo, que el lunes nos vamos a jugar entre nosotros un título, 3 puntos, o la permanencia en el grupo 1, o 2, o 3 o 4, o el que sea de nuestro social.

La Davis actual es visceral. Lo sé. Es llenar plazas de toros para ver un espectáculo mucho más edificante, sí, eso también lo sé. Es aplaudir a rabiar cada punto que hace tu país y silbar (más a rabiar, si cabe) los del visitante. Es criticar sin piedad a uno de los tuyos por ese punto perdido con el que nadie contaba y elevar a los altares a otro por lograr el definitivo, el que te salva, o el que te clasifica, el que te da un título. Es más. Es ruido. Es pasión. Es orgullo. Es, sí, muchas cosas. Muchos ingredientes que, tal vez, vale la pena probar en una nueva coctelera, ver cómo funcionan en esos entornos digitales, conservar y aprender de lo mejor y hacer crecer en el terreno del show y del espectáculo tenístico. ¿Perderemos instantes mágicos? Seguro. Pero ganaremos otros. Los mismos que ganamos con la Laver, o con otras innovaciones.

Y lo del torneo de los 10 millones. Pues no sé, que venga otro a opinar que intuyo que a mí ya me vas a dar caña. Solo diré una cosa: si yo fuera profesional, lo jugaría sin pensármelo ni un segundo. ¿Un torneo que reparte ese premio, en un deporte como el tenis en el que todo puede pasar? ¡Yo juego!

Dicho queda. ¡Te toca sacar!

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