Un partidazo en el US Open para rendir homenaje a Emilio. Un genio.

Nos hemos malacostumbrado estos últimos años, es justo reconocerlo. Estamos tan familiarizados con ver a nuestros tenistas levantar títulos y protagonizar grandes partidos y grandes torneos, que parece lo más normal y fácil del mundo, pero no lo es. Nunca lo ha sido. Tampoco ahora.

Cuando yo entrenaba, había varios jugadores de aquí en los que nos fijábamos, probablemente el primero en sonar fue Juan Aguilera, aunque ahí estaban los Carbonell, Arrese, Costa, Casal… puedes poner unos cuantos apellidos más, y todos teníamos nuestras simpatías por unos u otros (yo, por ejemplo, siempre fui muy de Sergi Casal, nomepreguntesporqué) pero el que nos solía poner de acuerdo en los entrenamientos era Emilio Sánchez Vicario.

Sí, soy de la generación que quería ser como Emilio, lucir esos golpes elegantes, casi altivos, ese revés a una mano que le caracterizaba, su sonrisa cuando sacaba como si todo estuviera bajo control y, claro, esa equipación Reebok que costaba horrores encontrar en cualquier tienda de deportes (aunque enseguida me pasé al lado Nike, culpa de Agassi, pero eso ya es otra historia),

Total, que hoy rindo homenaje a una de nuestras grandes leyendas con un partido en el que lo importante, visto en la distancia que te da el tiempo, no es el resultado, sino el espectáculo. Esos cinco sets con McEnroe, en Flushing, ante su público, plantando cara hasta el final, esos passings, ese descaro… Sí, podría haber elegido una de sus múltiples victorias, le podría tener aquí levantando uno de sus 15 títulos en individuales (en dobles ni te cuento), pero este encuentro de la cuarta ronda del USOpen de 1990 es un partido que define muy bien a Emilio. Y lo define fuera de su superficie favorito, en cemento, y ante un rival que no se trataba de un cualquier, ni mucho menos.

Disfuta de este partido contra el confinamiento. Disfruta del #tenisencasa

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