«La imagen lo es todo». Andre Agassi, firme candidato a título de GOAT (para mí, me has de permitir esta licencia casi poética), logró en julio de 1992 su primer grand slam pero también consiguió algo más, dejar de ser el Kid de Las Vegas y convertirse en un tenista respetado por sus éxistos en la pista. Su look o sus excentricidades empezaron a pasar a segundo plano, al igual que aquel slogan de Canon de 1990 que le acompañaba como una losa difícil de soportar.

Y es que Sampras o Courier, ambos de su misma generación, ambos rivales dentro y fuera de la pista, ya habían logrado subir a lo más alto del circuito, ya habían levantado grandes trofeos, incluso derrotando al propio Andre, mientras él, que parecía destinado a ser el nuevo gran héroe americano acumulaba más decepciones que alegrías (con alguna salvedad, como el título de Maestro del 90 y la Davis de aquel mismo año). Todo cambió el 5 de julio de 1992, cuando Agassi logró contrarrestar el servicio implacable de Ivanisevic, que parecía fabricado a la medida de las pistas del All England, para levantar sus brazos y alzar el preciado trofeo londinense.

Aquella tarde, venciendo en Wimbledon, Agassi se despidió del título de promesa del tenis para convertirse en campeón, en una estrella de pleno derecho del circuito ATP

Y, ojo, aquella fue una edición especial por muchas razones. Supuso la última vez que McEnroe pisó el torneo, lo mismo que Connors. Courier llegaba en modo triunfal tras vencer en Australia y Roland Garros y ansiaba lograr ser el primer tenista, desde Laver (en 1969), en sumar los tres primeros grandes del año de forma consecutiva . Además, Agassi e Ivanisevic se plantaron en la final dejando por el camino a mitos de la hierba como Becker o el propio McEnroe, en el caso de Andre, y a Edberg o Sampras, por parte de Goran.

La final fue un choque de estilos, un partido duro e intenso que se resolvió por detalles, tal vez por la necesidad de Andre de lograr un título que calmara – o justificara – las expectativas depositadas en él y, tal vez, su propia ansiedad.

En todo caso, este es el partido más especial e importante, probablemente, de la carrera de Agassi y es, también, el encuentro que he elegido para cerrar esta serie de partidos contra el confinamiento que arranqué el 16 de marzo con, no es casualidad, la semifinal que jugaron Andre y McEnroe en la misma edición de Wimbledon.

Ha sido todo un viaje. En total hemos compartido 64 momentos históricos con, entre partidos y ‘bonus tracks’, cerca de 70 encuentros que representan algunos (no todos, por supuesto) de los instantes más legendarios de nuestro deporte. Todo ello pasado, evidentemente, por mi filtro (porque, al final, soy yo el que los ha elegido) pero, al final, lo que es importante es que hemos tenido la oportunidad de disfrutar juntos de lo que más nos gusta: un buen partido (o unos cuantos).

Volveré con más encuentros. Volverá el tenis a #courtxperience. Sigue conectado…

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