Dicen que jugamos como somos. Y el tenis (todos lo sabemos), pocas veces miente. Si no me crees, piénsalo un segundo. Puedes cambiar de raqueta, puedes cambiar de cordaje, incluso puedes cambiar tus rutinas de entrenamiento, pero cuando el partido se pone feo, cuando el marcador aprieta o cuando las piernas empiezan a pesar, siempre acaba saliendo lo mismo: tú.
Tu versión más pura. La que no tiene filtro. La que reacciona instintivamente. Insisto: tú.

Llevo días pensando en ello. Hay jugadores que cuando se sienten en apuros se cierran, se protegen, esperan el fallo ajeno. Otros, justo al revés: aceleran, arriesgan, buscan el golpe imposible. Algunos se ordenan. Otros se desordenan. Hay quien se enfada. Hay quien se encoje.
El tenis – como pocas cosas en la vida – es un espejo. Y lo que muestra no siempre es solo técnica. Es carácter. Ahora ya sabes de qué te hablo, ¿verdad?
Los jugadores no se parecen a nadie más que a sí mismos
No. No somos ni Agassi ni Carlitos. Pero ellos tampoco son otra cosa que su propia esencia. Para bien o para mal. Incluso aunque – o cuando – quieran disimularlo. Basta con mirar arriba, a los más grandes.
Djokovic es mente. Frialdad. Lógica aplicada al juego. No solo te gana: te desmonta, pieza a pieza, con una disciplina casi quirúrgica. Nadal es corazón. Pasión bruta. Una intensidad que no se negocia. Un jugador que no pregunta si te cansas. Sabe que te vas a cansar. Federer es arte. Estética convertida en efectividad. La belleza como una – maravillosa, dicho sea de paso – forma de entender el tenis, pero también la vida.
No es casualidad. No es estilo. Es personalidad en estado puro. Es lo que son. Como tú eres lo que eres.

Y los de club… también jugamos así
Porque lo cierto es que no hace falta jugar en un Grand Slam para que eso pase. Basta con bajar al club cualquier tarde y mirar.
Ahí está el jugador cerebral, ese que necesita pensar cada punto y se descompone si le rompes el plan. El luchador incansable, sí, tú (sabes que hablo de ti), que corre hasta la última bola aunque vaya 0-6, 0-5. El que improvisa y vive del momento (y así nos va…). El que necesita controlarlo todo o no sabe jugar. El que se viene arriba con público. El que se esconde cuando le miran.
Todos jugamos como somos. Todos.
La clave: saberlo (y usarlo a tu favor)
El problema no es ser de un tipo o de otro. El problema – creo – es no saberlo. Porque cuando entiendes cómo eres en la pista, puedes empezar a gestionar mejor tus partidos. No se trata de cambiar tu esencia. Se trata de entenderla.
Aquí van algunas ideas:
- Si eres muy emocional → trabaja los rituales, los tiempos, las pausas. El control externo te ayudará a equilibrar el descontrol interno.
- Si eres cerebral → acepta que a veces no hay plan que valga. Entrena la improvisación, los partidos caóticos, los rivales que no juegan «como toca».
- Si eres artista → cuida el porcentaje (mi perdición). No siempre es día de galas. Entrena también el tenis feo (que no se me enfade nadie), el de sufrir, el de ganar sin exhibirse.
- Si eres un luchador puro → aprende a elegir mejor las batallas. No se trata de correr todo. Se trata de correr lo necesario.

Porque el tenis, al final, no va solo de jugar bien.
Los dos lo sabemos. Esto va de conocerte. De entenderte. De descubrir quién eres cuando las cosas no salen como esperabas. Y eso, para mí, es lo más bonito de este deporte: que no solo te mejora como jugador. Te mejora como persona. Sí, hoy me he puesto filosófico. pero es que no sólo hablamos de tenis, también hablamos de lo que el tenis dice de nosotros.
De mí dice mucho. Y acierta en todo… un día te lo contaré.








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